Hace casi un mes, mis llaves dieron la ultima vuelta en la cerradura y la puerta se cerró ante mis ojos para nunca más ser abierta por mí. El automóvil encendió sus motores y lo que antes era mi casa se perdió en el paisaje, hasta convertirse en un pequeño punto del horizonte. Mi antigua ciudad se alejaba más y más con cada cartel verde de la carretera, que anunciaba que la nueva urbe estaba a menos kilómetros de mi realidad.
Con el paso de los días, los nervios y la desubicación se han ido desvaneciendo, hasta casi formar parte de un pasado no muy lejano. Cada caja desempacada marca un punto de encuentro entre mi vida pasada y mi vida presente. La sensación de que no todo ha quedado atrás, pero que al mismo tiempo, hay algo nuevo por descubrir, despierta los sentidos, que después de tantos caos, pueden respirar.